La ciudad se llena de ángeles cada año, con sus ojitos tristes corren en medio de la carretera antes de que la luz roja cambie suplicando que el señor del coche rojo les de tres pesos para comprar un pan porque su hermanito no ha comido nada en todo el día. La señora de la tienda los regaña pues pretenden tomar el pan con sus manitas sucias y “así la gente ya no va a comprar nada”.
Al leer las primeras páginas de “Fuerte es el silencio” de Elena Poniatowska no pude evitar recordar a Manuel el niño que cada día viene a buscar a mi hermano de 7 años porque es el único que juega con él, no lo llama “puerco” porque tiene su carita sucia y la ropa descuidada, ni “muerto de hambre” pues mira con ansiedad la comida de los demás, porque el día anterior tuvo que barrer los desperdicios que el camión de la basura no recogió, la banqueta de la señora de las memelas para que le de algún sobradito para comer. Recordé a los niños que encuentras en cada esquina con su manita tendida esperando alguna moneda que rara vez cae, el niño que no tiene nombre pero no hace falta dar nombre al momento que le llevas de comer, su mirada sorprendida, su gracias tímido, te miran queriendo hacer algo más que decir gracias pero se detienen temiendo molestarte, ser de nuevo heridos se detienen, pues ya han sido muy pisoteados.
En el país nuestros angelitos pierden su inocencia demasiado rápido, unos por necesidad otros por influencia de una sociedad que los corrompe con la necia idea de que la felicidad esta en el color verde y no de la naturaleza.
¿qué sensación te produce la violecia estructural que describe Poniatowska?
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